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Así era la vida de las 'caídas' del franquismo en los reformatorios de Carmen Polo

Tres mujeres que fueron encerradas por el simple hecho de pensar por sí mismas y querer ser libres cuentan su experiencia en 'Las desterradas hijas de Eva'. La obra de Consuelo García del Cid homenajea a las grandes olvidadas de una dictadura especialmente opresora con las mujeres.

En la imagen, internas en el Reformatorio de San Fernando de Henares (Madrid), en 1966.

Tiene 66 años y estuvo diez encerrada en reformatorios franquistas, gran parte de su niñez y toda su adolescencia. Asegura que las heridas siguen abiertas y que las cicatrices no se las quita nadie porque las tiene “en el alma”. El franquismo le quitó a Encarnación —y a otras miles de mujeres— la juventud, la frescura de esos años en los que las condenaron a encierros eternos, vejaciones y todo tipo de malos tratos. La Transición las olvidó, España estaba demasiado ocupada e ignoró “por completo a las menores encerradas, ajena a una realidad oculta bajo los muros de su propia vergüenza”. Así lo cuenta Consuelo García del Cid en su obra de investigación Las desterradas hijas de Eva. Ellas son las verdaderas desterradas. Caídas, así las llamaban, unas por rebeldes, otras por rojas, pero todas condenadas a ser salvadas de caer en el pecado.

El franquismo les quitó la juventud, la frescura de esos años en los que las condenaron a encierros eternos, vejaciones y todo tipo de malos tratos.

Monjas Trinitarias, Oblatas, Adoratrices y de las Cruzadas Evangélicas estaban al mando de estos centros del horror que dependían de la institución dirigida por Carmen Polo de Franco, el Patronato de Protección a la Mujer. A él se llegaba a través de redadas callejeras, denuncias de familiares, de curas del barrio o de vecinos. Entrar era sencillo. Salir, misión imposible. Una vez que las menores entraban en los centros, su patria potestad pertenecía al Patronato y ni siquiera los progenitores podían hacer mucho al respecto.

Disciplina militar y horas de trabajo interminables y sin remuneración alguna centraban el proceso de reforma de estos centros en los que se mezclaba a todo tipos de chicas, desde prostitutas hasta jóvenes cuyo único pecado era rebelarse contra lo establecido.

Marcadas de por vida

Hay veces que la realidad supera la ficción. El relato de Encarnación es, como ella misma destaca, una copia de la película Los niños de San Judas: estuvo diez años encerrada. Primero entró en el reformatorio de las monjas josefinas (Lleida) porque “no tenía a nadie, sin más” y luego cayó en manos del Patronato. Su madre la abandonó con tan solo ocho años, su abuelo republicano estaba preso y su abuela a duras penas se podía hacer cargo de ella. Entró en 1959, con 11 años, en un centro dependiente del Tribunal Titular de menores, que describe como “una pesadilla”. “Lo pasé fatal, recibíamos palizas día sí y día también”, asegura aún, a pesar de los años, con la voz entrecortada. 

Después, Encarnación llegó a Madrid y pasó cinco años encerrada en el temido y polémico reformatorio de San Fernando, el mismo que en 1984 cerró sus puertas debido a la controvertida muerte de una interna menor, acabando con décadas de injusticias. Episodio lleno de claroscuros del que se hizo eco la prensa más progresista de la época. “Muchas veces veíamos que se fugaban y dejábamos de verlas, los suicidios se tapaban”. Aunque la experiencia fue dura, Encarnación aclara que “aunque suene fuerte” en Lleida lo pasó mucho peor.

Marian tiene el ‘pack’ completo de desdichas. El franquismo le robó su juventud y un hijo. Pasó por un preventorio y por San Fernando

La suma de los días de Encarnación Hernández Cotet hasta sus 21 años se resumen en la realidad común que comparten las desterradas, la anulación continua. “A mí como sabían que mi abuelo estaba preso por republicano, me llamaban despectivamente la roja” y asegura además que su nombre desapareció en sus años de encierro siendo sustituido por un número que seguramente nunca olvide, el 90. 

Marian tiene el pack completo de desdichas. El franquismo le robó su juventud y un hijo. Pasó por el preventorio Doctor Murillo de Guadarrama —centro antituberculoso para niños sobre el que pesan multitud de testimonios sobre el trato inhumano bajo sus muros— y luego, en el centro de Las Oblatas le robaron a su niña. Algo que, asegura, no es casual. 

En el Preventorio de Guadarrama estuvo sólo unos meses, y asegura que allí sufrió todo tipo de malos tratos y vejaciones con tan solo siete años. Si su paso por el preventorio antituberculoso fue algo para olvidar, su estancia en el reformatorio de Las Oblatas, es digno de una obra de Dickens. Era rebelde, le gustaba salir y tomarse algo en una terraza con amigos: una aberración para la moral de la época.

JOSEFINA GROSSO .  Fuente: publico.es