Nuestra objetivo social: recuperar y preservar la memoria de los asesinados y represaliados en La Barranca y en toda La Rioja a raíz del golpe militar del 18 de Julio de 1936.

El último superviviente de “la Quinta del Biberón”

Manuel Gallego-Nicasio es el único superviviente de la conocida como “la Quinta del Biberón”, un grupo del ejército republicano formado por jovencitos menores de 18 años, que lucharon hasta morir por un ideal.

“La guerra fue mala, pero lo que vino después fue peor”

“Nadie gana en una guerra, los vencidos son olvidados, cuando no represaliados, exiliados o ejecutados, pero los vencedores son también víctimas y sufren las consecuencias del odio desatado”

Le queda poco más de un año para cumplir los cien. Luchó en todos los frentes de la Guerra Civil española hasta que cayó gravemente herido. Se salvó de milagro. Es el único superviviente de la conocida como “la Quinta del Biberón”, un grupo del ejército republicano formado por jovencitos  menores de 18 años, que lucharon hasta morir por un ideal. Es uno de los últimos mártires de una guerra fratricida de la que es memoria viva. Su nombre: Manuel Gallego-Nicasio, natural y vecino de Herencia, pueblo de La Mancha, al norte de Ciudad Real. Casado en plena guerra, mientras se reponía de sus graves heridas, con Agustina Gómez-Calcerrada, fallecida el año pasado. Tiene 6 hijos (4 varones y 2 mujeres), 21 nietos, 32 bisnietos y 1 tataranito. Vivió semiescondido hasta la llegada de la democracia, y a pesar de haber perdido en los diversos frentes de batalla el ojo derecho, la mano diestra, y el dedo corazón de la mano izquierda, a pesar de llevar incrustado en su cuerpo casi dos kilos de metralla, nunca se rindió, y sacó adelante, en la dura y larga posguerra, a su numerosa familia. A pesar de todo eso, y de la posguerra que para él parecía no acabar nunca (perseguido y vigilado), mantiene sus ideas: “nací socialista, sigo siendo socialista y republicano. Y moriré socialista... Ni la guerra entonces, ni luego Franquito, pudieron conmigo”, afirma sentado sereno en el poyo de su casa. Es uno de tantos héroes anónimos a los que la historia no ha hecho justicia. Es el resultado de una España que, como vaticinara don Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, de la que era Rector, en octubre del 36: “vais a conseguir una España mutilada”, como respuesta al ¡viva la muerte! del mutilado general Millán-Astray, fundador de la Legión española. Don Manuel Gallego-Nicasio, puede ser una muestra, el último resultado de la barbarie. Y gracias que lo puede contar haciendo de su relato una historia viva que sirva de ejemplo a generaciones futuras, para que no se repita.

Una guerra que en tres largos años asoló completamente esta hermosa tierra, una país que buscaba la libertad, la justicia, la cultura y el progreso, al que unos militares, en connivencia con banqueros y dictadores europeos, empresas y otras instituciones nacionales e internacionales, no le dejaron crecer. Muchos jóvenes como este manchego (y mi padre Paulino,  en el bando nacional, también con 17 años, cuyos frentes corren paralelos hasta encontrarse sin saberlo con la bayoneta calada en Belchite, donde ambos fueron heridos, y que también sobrevivió, aunque acabara matándole la guerra 50 años después por la metralla acumulada en sus espaldas), muchos jóvenes cayeron en uno y otro bando, quedando nuestros pueblos sumidos en el dolor y el luto.

ULTIMA MEMORIA VIVA

“Falta muy poco para que cumpla los cien. Sí, señor; tengo casi un siglo de vida, larga y dura vida marcada por la guerra. Nací cuando acababa la conocida como Gran Guerra, Primera Guerra Mundial; crecí con referencias de una  revolución, aunque lógicamente a esa edad uno todavía no tiene conciencia de nada, ni de sí mismo, y eso de revolución rusa, de octubre o roja, sonaba como pueden sonar las campanas, no se sabe dónde. Pero eso sí, las sensaciones que te transmitían los mayores eran de rebeldía, de crítica de un sistema injusto. Sabíamos que los pueblos se levantaban contra la miseria, la injusticia, el hambre, y la opresión, reivindicando sus derechos. Yo tampoco sabía qué era eso, pero lo oía y se me fue quedando en la adolescencia, cuando nos mataban a trabajar los amos. Me lo enseñó mi padre que siempre guardó su carné de socialista y me apuntó enseguida al partido. Formamos el Grupo de Juventudes Socialistas Manchegas en mi pueblo y marchamos al frente bajo las órdenes del sargento Jesús Tajuelo y Silvino, que eran también de Herencia. En el camino de ser hombre, escuchaba hablar a las madres que tenían sus hijos en la Guerra de Marruecos. En esa guerra sobresalían líderes moros de los que se hablaba mal, y se ensalzaba la labor de algunos generales españoles del ejército de Marruecos, de los que se hablaba bien. Uno de ellos llegó a la península con ese ejército para acabar con la República. Avanzaban sembrando la muerte de sur a norte, y de norte a sur...

“No entendía mucho, en aquel tiempo las noticias no corrían como ahora a la velocidad de la luz, existían las distancias, cuya travesía llevaba su tiempo y tardaban en difundirse. Ni siquiera sabía que España llegara hasta el continente africano, ni qué hacía en Marruecos, pero algún interés debía tener. Se estaba preparando y entrenando un ejército para iniciar otra guerra, como una nueva reconquista, un golpe de Estado al que llamaron “cruzada”. ¡Qué cosas! Todo para acabar como acabó, en la dictadura de una paz de cementerio, que obligó a muchos a tomar el camino del exilio. Una España analfabeta y mísera que quería dejar de serlo, y lo intentó. Pero no la dejaron. Yo estaba entonces en plena efervescencia juvenil, apenas sabía leer y escribir y cuatro cuentas, aunque tampoco se necesitaba mucho para acarrear yuntas y arrear rebaños, para trillar o esquilar, bueno para el esquileo hay que tener su maña. Para cualquier oficio. Los oficios entonces tenían la letra muy gorda, con un poco de fijeza se aprendían, no hacía falta que alguien te enseñara, el mejor maestro es uno mismo; mirando, observando se aprende. Así aprendí todo lo que sé, conocimientos que si muchos apenas me han servido, otros los he aprovechado y mejorado. Sin embargo, me gustaría haber aprendido más cosas, porque cuanto más sabes, menos te engañan. Por eso nos engañaron entonces; casi todos, por no decir todos nosotros, éramos analfabetos, y la mayoría no había salido del pueblo hasta la incorporación al frente. La guerra es el peor engaño. Y de guerra en guerra nos hemos pasado el siglo XX, aquí, y en Europa. Para decirlo con mayor exactitud, la de aquí fue un ensayo de la guerra que en Europa preparaba Hitler. Por él perdió el ejército republicano. Por él y porque frente a la unidad de los fascistas, en nuestras filas todo el mundo quería mandar, no había una idea común. Eso nos perdió, eso y las armas alemanas. (Y así hasta hoy, que otra vez Alemania anda jugando con otra guerra cuya sangre no se aprecia, la económica)”. 

El grupo de jóvenes socialistas, después de pasar en Villarrobledo dos meses de instrucción en el campo para aprender a manejar un arma, fue enviado a Ocaña, y luego a Titulcia, para vigilar al ejército fascista donde tuvieron los primeros enfrentamientos. De ahí, desecha su brigada, traicionados por dos compañeros que se pasaron al bando nacionalista con documentos de estrategia y mapas, conocida ya como “la Quinta del Biberón” por su juventud, se unen a la recién creada en Albacete, XV Brigada Internacional, conocida también como Brigada Abraham Lincoln,  compuesta por soldados voluntarios de casi 30 nacionalidades, polacos, ingleses, americanos, irlandeses, húngaros, franceses, incluso alemanes e italianos. El bautismo de sangre, tanto de la XV Brigada como de la Quinta del Biberón, a las órdenes de un comandante ruso al que llamaban Chapardiel, será la Batalla del Jarama.

"Aquello fue una Torre de Babel sangrienta; nadie se enteraba, por todas partes veías moros... Fue un ataque muy duro. Hubo muchas pérdidas en ambos bandos. Ahí caí herido por primera vez, se me desprendió la barbilla, que no la barba, que todavía no me había nacido. Caímos muchos prisioneros, pero hubo un intercambio y nos liberaron. De ahí, de esa batalla que era ya internacional, preludio de la Segunda Mundial, nos mandaron junto a la XV Brigada, a Brunete, Villanueva de la Cañada y Navalcarnero, para parar a los fascistas que venían avanzando por la carretera de Extremadura. Teníamos que impedir que se acercaran a Madrid, que era su objetivo. En Navalcarnero fui herido de nuevo en la sien, pero eso no era nada con lo que me esperaba... Belchite. Una de las batallas más sangrientas; dicen de Stalingrado, pero no creo que fuera tan atroz e inhumana como la de Belchite. A bayoneta calá, casa por casa tuvimos que combatir ambos bandos. Y unos y otros éramos en la mayor parte jóvenes, muy jóvenes, se ve que como teníamos sangre vigorosa nos mandaban a los peores frentes. Belchie fue uno de ellos, por lo menos para mí, caí herido gravemente. En Belchite perdí el ojo, la mano derecha y el dedo de la izquierda. Una bomba. Qué sé yo las bombas que pudieron caer en tres días. Una matanza. Caíamos como moscas. Unas veces recuperábamos la plaza nosotros y otras los nacionales. Un toma y daca que arrasó todo el pueblo. Una vergüenza. Un horror. Una masacre. Matándonos entre hermanos... Una barbaridad. En La Pobla de Izar, provincia de Zaragoza, me curaron, y como llevaba la mano colgando, ahí me la cortaron, y sin anestesia. Para curarme bien, me mandan en una ambulancia a Murcia y hacia el año o así, vuelvo a  mi pueblo, Herencia, de donde salí entero y volvía mutilado... Esperaba que me esperase mi novia... de familia rica, de derechas... Y yo era de izquierdas, y encima ahora mutilado. La guerra seguía. Para mí acababa, empezaba otra vida... Si una era mala, lo que vino después fue peor”.

Texto y fotografías de Ramón Hdez. de Ávila