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El franquismo pudo haber muerto en 1944 por “cuestión de horas”

Las estrategias enfrentadas sobre la actuación en España entre los gobiernos de EEUU y Reino Unido frenaron una posible axifia económica al útimo régimen fascisca de Europa, según el profesor Carlos Collado

Adolf Hitler y Francisco Franco, durante su encuentro en Hendaya.

Se suele decir que el régimen de Franco fue muy hábil en política internacional durante la Segunda Guerra Mundial, siendo capaz de mantenerse neutral pero nunca dejando de mostrar su afinidad por la Alemania Nazi. En el momento que la derrota de Hitler se veía cada vez más cercana en Europa, se empezó a decidir el destino de Franco, pero no fue en España, sino entre las potencias aliadas.

Como ahora nos muestra el profesor Carlos Collado en su nuevo libro, El telegrama que salvó a Franco, no fue la habilidad del dictador, sino un simple cúmulo de circunstancias y desacuerdos, hasta ahora desconocidos, los que permitieron la supervivencia del último régimen fascista de Europa.

ELPLURAL.COM – El título del libro hace referencia al telegrama que se escribió, pero que al final no se envió desde el Gobierno inglés al estadounidense, aceptando su idea de una política económica represiva con el régimen franquista. ¿Cómo fueron estas horas que pudieron cambiar el destino de España desde el extranjero? ¿Por qué al final fueron los estadounidenses los que cedieron y no se envió el telegrama?

CARLOS COLLADO - La redacción de este telegrama se produce en el momento álgido de un durísimo enfrentamiento entre Londres y Washington acerca de la política a seguir respecto a la de España de Franco. El Gobierno estadounidense estaba harto de que aún en 1944 Franco siguiera haciendo votos de amistad en sus relaciones con el régimen nazi y continuara suministrando materias primas imprescindibles para la industria bélica del Tercer Reich. Con este telón de fondo, los americanos impusieron un embargo de productos petrolíferos, que mantenían a flote la economía española, con el fin de subyugar a un Régimen que era considerado netamente como fascista.

Londres, por su parte, abogaba por un compromiso consensuado con Madrid, para de esta forma no arriesgar la provocación de una situación violenta e incontrolable en España. Los británicos confiaban en una transición pacífica hacia una restauración monárquica en la persona de Don Juan.

Ni siquiera un apremiante intercambio de telegramas al más alto nivel político, es decir entre Roosevelt y Churchill, logró acortar las distancias existentes. Finalmente, Churchill, instado por su ministro de Exteriores Anthony Eden, optó por retractarse para no llegar a una situación de ruptura. Pero antes de que se despachara dicho telegrama, llegó otro desde Washington, clasificado como urgentísimo, que anunciaba que los americanos por su parte se plegaban ante la insistencia mostrada por los británicos. Washington consideró a su vez que era preferible no romper públicamente con Londres en esta cuestión. De hecho, aquel día 25 de abril de 1944 se jugó el futuro del Régimen. Se trató de una cuestión de horas. Tal y como relatan observadores, en aquel momento se perdió una oportunidad única para deshacerse de un régimen considerado como fascista.

P – Tras el episodio del telegrama. La idea de los ingleses, encabezada por su embajador en Madrid, era promover una evolución pacífica del régimen para restaurar la monarquía. En el libro habla de las conversaciones del embajador con los sectores monárquicos españoles. ¿Conocía Don Juan las intenciones de los ingleses? ¿Cómo fue evolucionando su opinión con respecto a éstas?

C.C - Don Juan, después de una fase en la que parece haber estado acariciando la idea de lograr la restauración con la ayuda de las potencias del Eje, se volcó finalmente del lado de los ingleses. No caben dudas de que estaba al tanto y aprobaba lo que estaban tramando confidentes suyos, como su representante en España, el infante Alfonso de Orleans.

Él mismo anhelaba que el Gobierno británico se decidiera a apoyar su causa abiertamente. A este respecto incluso lanzó personalmente diversas iniciativas, sea en el contexto del funeral en honor de Beatriz de Battenberg, al que asistió su madre, o finalmente, a través del Manifiesto de Lausana a mediados de marzo de 1945. Éste contenía un anuncio de libertades y plenos derechos en el caso de que se restaurase la monarquía en su persona, dirigido, obviamente, a la opinión pública británica y estadounidense.

Pero mientras que el embajador británico Samuel Hoare persiguió una ambición personal, incluso a espaldas de su Gobierno, de entrar en la historia como el personaje que lograra derribar a Franco, el Gobierno de Londres no estaba dispuesto a sacarle a Don Juan las castañas del fuego.

Por otra parte, el contenido del Manifiesto de Lausana causó espanto entre los seguidores del pretendiente al trono, pues en la Guerra Civil habían cerrado filas alrededor de Franco precisamente en contra de esas libertades anunciadas por Don Juan. A fin de cuentas, los monárquicos estaban altamente satisfechos con la situación privilegiada que gozaban con Franco.

P – Con respecto a la relación de España con la Alemania de Hitler ¿En qué momento se empezó a distanciar el régimen franquista del nazi? ¿Y cómo fue visto esto desde EEUU y Reino Unido?

C.C – El régimen de Franco se aferró a la amistad con Berlín haste el último momento, e hizo todo lo que estaba a su alcance para apoyar su causa. Si bien tuvo que corregir ciertas medidas que violaban clarísimamente sus obligaciones como país neutral, ni siquiera se cumplieron los acuerdos con los Aliados: la retirada de la División Azul fue contrarrestada – al menos por un tiempo – por la creación de la Legión Azul; el embargo de las exportaciones de materiales estratégicos fue seguido por un tráfico clantestino que incluso superó lo que se había suministrado anteriormente; el compromiso de acotar el espionaje alemán no se cumplió en ningún momento de forma significativa, sino que los agentes siguieron gozando de gran libertad de acción.

Además, se mantuvo hasta abril de 1945 la ruta aérea de la Lufthansa, con lo que los nazis siguieron lloviendo en el territorio español hasta el último momento. Y aun después de la capitulación del Reich se permitió la entrada clandestina y dio cobijo a nazis que eran requeridos por las potencias de ocupación.

Londres y Washington reaccionaron completamente perplejos ante lo que consideraban que era no querer ver que el fascimo estaba condenado a desaparecer.

P – ¿Por qué la diplomacia española quiso, tras el fin de la II Guerra Mundial, mantener sus relaciones amistosas con Alemania si, como afirma en el libro, esto solo mantendría la apariencia de España como régimen fascista?

C.C – Franco, además de afinidades ideológicas, quiso distinguirse como el último amigo del Tercer Reich, para de esta forma poder ser el primer amigo de la Alemania de postguerra. Franco partía de la convicción de que Alemania seguiría siendo en todo momento una gran potencia europea, con lo que la demostración de una amistad inquebrantable en una situación en la que ya no le quedaban aliados, redundaría en tener a un valedor en la postguerra.

Carlos Collado es profesor de historia en la Universidad contemporanea en la Universidad de Marbug (Alemania)

Además, Franco estuvo convencido hasta poco menos que el final de la guerra de que los Aliados finalmente entrarían “en razón” y firmarían un armisticio con el régimen nazi, para arremeter en contra de lo que él consideraba que era el real peligro para la paz mundial: la Unión Soviética.

Esto eran planteamientos fundamentalmente erróneos que, en abril de 1944, por poco hubieran tenido consecuencias catastróficas para Franco.

P – Por último, llama mucho la atención la aparición en el libro de la figura de José Antonio Aguirre, presidente del Gobierno vasco en el exilio, y que fue propuesto por el director de la inteligencia militar estadounidense para sustituir a Franco. ¿Cómo fue recibida esta propuesta por el Gobierno de EEUU? ¿Se dio a conocer a los británicos?

C.C - El Jefe del OSS, William Donovan, estaba convencido del gran daño que causaría la pervivencia del Régimen a los intereses nacionales estadounidenses, y apostaba por Aguirre porque éste había trabajado estrechamente con su organización poniendo a su disposición su red de agentes. Aguirre, además no solo gozaba de buena reputación entre los grupos del exilio republicano, sino que estaba trabajando para lograr una unidad de acción.

En el Departamento de Estado norteamericano se compartía la convicción de que la pervivencia del Régimen era un gran lastre, pues con ello no se cumpliría la misión por la que se habían empuñado las armas. Pero por una parte, en aquel momento aún no había cuajado la razón de ser de la intervención en los asuntos internos de países con los que se mantenían relaciones diplomáticas; pero sobre todo no se creía que precisamente un nacionalista vasco fuera la persona indicada para liderar un movimiento a nivel nacional.

Dado que en los asuntos de los servicios secretos existía un determinado secretismo entre las potencias aliadas, sobre todo si se trataba de operaciones que contravenían el derecho internacional, es más que dudoso que los británicos hayan sido informados de forma oficial. Otra cosa, sin embargo, es el hervidero de rumores que representaba el Madrid de aquellos días.

A. GODOY . elplural.com