Nuestra objetivo social: recuperar y preservar la memoria de los asesinados y represaliados en La Barranca y en toda La Rioja a raíz del golpe militar del 18 de Julio de 1936.

Testimonio de Cecilia Hernáez, de Tricio, del verano del 36

Recogido por su hijo, Carlos Muntión y publicado en el libro “Aquí nunca pasó nada”, de Jesús Vicente Aguirre, en el capítulo de Anguiano, página 259.

Cecilia tenía 13 años. Su madre había fallecido en febrero del 36 y Cecilia era la mayor de 7 hermanos. Al amanecer del 5 de agosto, Cecilia con su padre Enrique Hernáez, montados en una burra, se dirigían a una finca de cereal a “dar manadas”, es decir, agrupar y atar en haces o gavillas, el cereal ya segado antes de ser transportado a la era para la trilla.

El camino a la finca era la actual carretera que desde Tricio se dirige a Logroño. Al llegar a un término que se llama “la noguera de Galampayo” porque había un gran nogal junto a la carretera, en una finca situada a la izquierda, a poco más de un kilómetro de Tricio, vieron lo que les pareció, con las primeras luces del amanecer, un cuerpo humano tumbado sobre un rastrojo. Al acercarse encontraron hasta cinco cadáveres. Estaban separados unos de otros. No habían sido fusilados juntos. Posiblemente hicieron el simulacro de que les permitían escapar para asesinarlos por la espalda mientras se alejaban. En la actualidad, en esa finca hay unos pabellones abandonados de una fábrica de madera ya cerrada.

El padre envió a la niña al pueblo a pedir ayuda. Cecilia, al llegar al pilón que está a la entrada de Tricio, encontró a un vecino, Hilario Fernández, que estaba dando de beber agua a su mula, enganchada al carro, antes de ir a trabajar al campo. Le contó lo sucedido e Hilario, con el carro, se dirigió a recoger los cadáveres. Entre Enrique e Hilario los cargaron en el carro y se dirigieron hacia el cementerio.

 

Cecilia siempre recordó la terrible escena que se le quedó grabada en su memoria para siempre: las piernas de los asesinados, colgando del carro y balanceándose.